Margaret Mead (1901-1978), antropóloga LGTBIQ

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Margaret Mead, antropóloga estadounidense y psicóloga, autora de “Adolescencia, sexo y cultura en Samoa (Coming of Age in Samoa)“, y responsable de Etnología en e American Museum of Natural History. Cuando ejercía la presidencia de la Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia (AAAS) en 1975 se encargó de incluir en los reglamentos de la asociación la condena a la discriminación contra gais y lesbianas en ciencia. Mead fue pionera, mediante los estudios transculturales, en ayudar a una mejor comprensión de la variación natural de las conductas sexuales que se dan en las sociedades humanas.

NOTA del autor: en la primera versión de la historia había optado por titular a Mead como “lesbiana”. Mantuvo relaciones con hombres y mujeres, pero como tampoco se declaró “bisexual” opté por quedarme con la relación que mantuvo en el último tercio de su vida. Pero es más correcto -y por eso lo corregimos- dejarlo en LGTBIQ.

Solamente por haber tenido el especial cuidado de que la AAAS incluyera, en 1975, esa política de no discriminación, merecería la pena recordarla. Desde 1975, activamente la Asociación Estadounidense de Psicología (APA: Amercian Psychological Association, aunque en aquella época se denominaba “Psychiatric” en vez de “Psychological”), que era sociedad miembro de la AAAS, pasó a liderar el enfoque en psicología que eliminara el estigma de enfermedad mental que se había asociado con las conductas LGTB. En 1968, con la segunda edición del Manual de Enfermedades Mentales, el DSM-II, aparecía la homosexualidad como un trastorno mental. Y la votación entre los asociados para eliminarlo se dio en 1973 (por cierto, con 5854 psiquiatras que votaron por la eliminación de su carácter de enfermedad frente a 3810 que votaron a favor). Y la Organización Mundial de la Salud no eliminó la homosexualidad la clasificación internacional de enfermedades mentales hasta 1992. (Recomendamos leer el artículo “When Homosexuality Stopped Being a Mental Disorder“, de Neel Burton en Psychology Today).

Adolescencia en Samoa

Pero la importancia de Margaret Mead había llegado mucho antes de los años 70, cuando era considerada una absoluta referencia en la antropología y una gran divulgadora de la ciencia, con amplia presencia en medios de comunicación. En 1928 una joven Mead publica el resultado de una serie de investigaciones sobre la adolescencia y la iniciación sexual en las culturas del Pacífico, en Samoa en concreto, donde explora una nueva forma de hacer antropología, conviviendo y confraternizando en una pequeña población de la isla, donde entrevistó a más de sesenta mujeres jóvenes de 9 a 20 años, investigando sobre si la rebeldía y la angustia de la adolescencia en los EEUU de los años 20 eran similares o no en esas comunidades del otro lado del mundo.

El libro, “Adolescencia, sexo y cultura en Samoa” (aunque prefiero mil veces el título en inglés: “Coming of Age in Samoa”) fue un éxito no solamente en el mundo académico, sino también entre el público general. Y la reputación de la antropología cultural la estableció como un patrón básico para el estudio de otras culturas, al alejarse del carácter eurocentrista con el que habitualmente se medía o incluso juzgaba la realidad cultural de pueblos que, también habitualmente, se consideraba “primitivos”. La antropología pasaba así a ser un estudio de sociedades humanas, que resultaban ser, a veces, sorprendentemente abiertas en cuestiones como la sexualidad, como sucedía en Samoa. Y también resultaba pionera al plantear el descubrimiento del sexo y el valor de los papeles sociales.

Antropología cultural

Amplió sus investigaciones en Nueva Guinea, comenzando estudios de género (fue una de las primeras en usarlo como concepto) con una visión cultural que se oponía a la visión imperante que interpretaba la división del trabajo en las sociedades modernas como resultado de la naturaleza: las mujeres, de manera innata, tenían un comportamiento más expresivo frente al más instrumental de los hombres. Las realidades de las tribus polinesias, según Mead, ponían en cuestión todo, al resultar que la diferencia no tenía que ver con ninguna supuesta diferencia biológica, con lo que se debía tener en cuenta que algunos de esos elementos serían construcciones sociales. (En la wikipedia en castellano se puede leer un análisis de este tema). Como escribía Marta Macho Stadler en el blog MUJERES CON CIENCIA en la entrada que dedicó hace año y medio a Margaret Mead:

  • Puso en duda la visión biologicista que prevalecía en las ciencias sociales en EE. UU. en los años 1960-70: según aquel enfoque, la división sexual del trabajo en la familia se debía a la diferencia innata entre el comportamiento ‘productivo’ de los hombres y ‘expresivo’ de las mujeres.

  • En su trabajo Sexo y temperamento en tres sociedades primitivas (1935) introdujo la idea novedosa de que, al ser la especie humana facilmente moldeable, los roles y las conductas sexuales varían según los contextos socio-culturales. De este modo,  fue precursora en la utilización del concepto género ampliamente utilizado posteriormente en los estudios feministas.

Margaret Mead se casó tres veces, con hombres, y aunque nunca se identificó abiertamente como lesbiana o bisexual, convivió los últimos 20 años de su vida con la también antropóloga Rhoda Metraux. En 2006 la hija de Mead publicó las cartas entre ellas y queda clara la relación amorosa. Mead murió en 1978, siendo entonces considerada como una antropóloga fundamental, aunque los paradigmas de las ciencias sociales habían llevado los debates a otras cuestiones. Pero, en lo esencial, el trabajo de Mead se consideraba genuino y académicamente sólido.

¿Ciencia o fraude?

Sin embargo, en 1983, años después de su muerte, Derek Freeman, antropólogo neozelandés, publicó un libro titulado “Margaret Mead en Samoa: ascendencia y caída de un mito antropológico (Margaret Mead in Samoa: the Making and Unmaking of an Anthropological Myth)”. En él, Freeman, que había vivido en Samoa varios decenios e investigado a las declarantes que habían conocido a Mead medio siglo antes que él, concluía que la antropóloga había falseado las historias, en cierto modo incitando a las jóvenes a fantasear. Varias de las declarantes originales se habían confesado: le habían mentido contando fantasías… La tesis de Freeman es que todo el trabajo hacía aguas y no había manera de revisarlo críticamente: los datos sobre la cultura samoana no sostenían los mitos creados por Mead que se habrían aceptado acríticamente simplemente porque no se conocía nada de Samoa. Pero Mead ni siquiera había hablado bien el idioma nativo y solamente había convivido 9 meses allí… etcétera.

Margaret Mead (centro) en Samoa, 1926.

En los años 80, la crítica de Freeman fue aceptada por los medios de comunicación (es fácil lograr notoriedad hablando mal de alguien famoso y respetado que ya no está). Y de hecho creó la idea de que toda la investigación de Mead y toda la antropología derivada no tenía sentido y era un fraude: Margaret Mead había pecado de ingenua y había sido engañada por unas adolescentes maliciosas, lo que también se convirtió en un mito cultural en esos años 80 en el que en las ciencias sociales había mucho debate sobre la permisividad sexual, el relativismo cultural o debates ya más en lado de la ciencia sobre el debate entre lo innato y lo aprendido . El hecho de que esta crítica feroz llegara a la prensa generalista consiguió el objetivo: tirar del pedestal a Margaret Mead. Se llegó a hacer un documental en el año 87, con entrevista a una de las adolescentes informantes de Mead, Fa’apua’a, entonces ya una venerable anciana y que constituyó el centro de su segundo libro contra Mead: “The Fateful Hoaxing of Margaret Mead”.

Todo este proceso, sin Mead que pudiera decir algo o aportar pruebas en su defensa, convirtió todo el trabajo de Mead en algo sospechoso. Aunque nadie podía negar el importante papel en la historia de la antropología moderna de los estudios culturales de Mead, un aire de sospecha se hizo generalizado. Y así continúa (como la historia de Mendel trampeando sus estudios con guisantes, donde con cierta condescendencia desde el futuro se le perdona levemente su mala conducta científica porque en el fondo “tenía razón”.

“The Trashing of Margaret Mead”, de Paul Shankman. Portada del libro.

Sin embargo, posteriormente se publicaron otros análisis realizados también por expertos en antropología que desmontaban gran parte de las acusaciones de Freeman. Gran parte de sus críticas eran falaces: ridiculizando a su oponente había soslayado hechos importantes.  Sobre este tema, el antropólogo Paul Sankman publicó en 2009 “The Trashing of Margaret Mead: Anathomy of an Anthropological Controversy“, una muy documentada aproximación a este tema, mostrando que la investigación de Freeman había sido deliberadamente construida para dañar la reputación de Mead.

Realmente el debate no debería haber sido así y posiblemente solo por el hecho de que Freeman no se atreviera nunca antes de la muerte de Mead a hacer públicas sus opiniones debería haber hecho tomar con mayor parsimonia sus acusaciones. En cualquier caso, mirado con la distancia del tiempo 30 años después, se entiende que ese debate constituyó uno de los primeros grandes debates sobre la reproducibilidad y las investigaciones en ciencias sociales.

Un artículo más reciente, el comentario de Alice Dreger en The Atlantic: “Sexo, mentiras y la separación entre ciencia e ideología“, recoge el trabajo de Sankman y ahonda en el hecho de que la cuestión ideológica pudo estar en la base de todo. Sin duda, el programa científico de Margaret Mead viene cargado, como mujer y como antropóloga seguidora de Franz Boas, desde el principio: mostrando una sociedad aparentemente primitiva en la que la sexualidad, sin embargo, es mucho menos opresiva que en la puritana sociedad occidental. Pero el ataque de Freeman no viene exento de prejuicios: comentaba Shankman que de hecho Freeman consideraba a Mead como herética, y se consideraba a si mismo como un defensor de la ciencia contra la pseudociencia que había colado Margaret Mead.

Lo cierto es que este debate provocó diversos artículos en revistas de pensamiento crítico. He de reconocer que la primera vez que supe de él fue de la mano de Martin Gardner, escéptico, matemático y divulgador científico, para quien estaba claro que Mead había hecho ciencia patológica. De hecho, muchos conocidos escépticos como Dawkins o Pinker han dado por buena la versión de Freeman en diferentes ocasiones (como denunciaba Shankman, como se puede leer en eSkeptic en septiembre de 2009). Yo mismo me he encontrado con que cuando uno menciona a Mead rápidamente sale el comentario “aunque posiblemente hubo fraude en su investigación”.  Posteriormente, en la revista Current Anthropology (Feb 2013) Shankman ha vuelto a investigar sobre el tema, centrándose en más pruebas de la mala conducta científica… ¡de Freeman!

Me malicio (aviso: sin prueba alguna) que la condición de mujer de Margaret Mead pudo haber sido también un factor a tener en cuenta. Margaret Mead, presentada así como un ídolo de barro, una mujer incapaz y engañada por unas adolescentes, metiéndose a hablar de lo que no sabe… Una vez más, nos encontraríamos con que el trabajo de una mujer es observado con una regla más severa que el de un hombre. O quizá era simplemente el tiro al famoso por serlo.

En cualquier caso, y especulaciones aparte, ni siquiera este debate postmortem quita la importancia a una gran mujer y gran científica, que avanzó nuevas miradas a lo que se solía dar por sentado. Sabemos que en su vida hizo lo mismo y eso la hace doblemente grande.