La ciencia inclusiva es mejor ciencia

Lo repito gritando tipográficamente, a ver si se oye:
LA CIENCIA INCLUSIVA ES MEJOR CIENCIA.

Leía la frase en unas noticias recogidas en la web de la Genetics Society of America, la sociedad científica estadounidense de genética. Hacían referencia a un número especial que en 2014 editaron Nature y Scientific American dedicado a la diversidad muy muy recomendable:

Greater diversity in science’s workforce and ideas is long overdue. Nature, in this special issue with Scientific American, explores connections between diversity and the rigour of research — including how marginalization affects study design — and discusses persistent, misguided assumptions. The message is clear: inclusive science is better science.

En el dossier se aborda científicamentet el tema de la diversidad en múltiples aspectos. Cito así unos cuantos: cómo los estudios clínicos deben tener en cuenta la diversidad étnica, cómo la exclusión de estos factores puede ser un peligro; cómo las intervenciones en salud mental se han realizado hasta tiempos muy recientes sin tener en cuenta factores culturales y lo que ello supone; el tema LGTB+ en ciencia; la investigación genética y las razas; la lucha por la accesibilidad;… y un buen montón de temas de alto interés, no solamente desde la perspectiva LGTBIQ que llevamos en este blog.

El editorial de Nature en ese número conjunto se titula “El reto de la diversidad”  y en su entradilla afirma: “Cada vez hay más pruebas de que aceptar la diversidad (en todos sus sentidos) es un factor clave para hacer buena ciencia. Pero todavía hay trabajo por delante para asegurar que la inclusividad sea la regla y no la excepción”.

Hace referencia los prejuicios ante las personas LGTB que se dedican a la ciencia y que no solamente vienen de la ciencia, haciendo referencia al caso del catedrático de química del Imperial College de Londres Tom Welton, quien en febrero de 2014 escribió una carta en The Guardian: “Gay prejudice? It’s not easy admitting you’re… a scientist”. En ella expresaba que la completa invisibilidad de los científicos gais viene también de los prejuicios en la comunidad LGTB (y la sociedad) frente a los científicos: “a veces es más sencillo que diga [en los ambientes LGTB]: soy maestro”.

Pero sobre todo los prejuicios están y la investigación muestra que los sesgos de género, raza, etnia, estatus social y económico, nacionalidad, edad, color de piel o sexualidad existen aunque todos asumamos que en ciencia no deben existir, que todo lo anterior “es tan irrelevante a la hora de hacer ciencia como las preferencias en temas musicales o de dieta”.

¿De verdad?, se preguntan: el editorialista concluye que la diversidad es un ingrediente clave en la ciencia. En la buena ciencia. Aunque “diversidad” es un término vago, y consecuentemente “inclusión” también queda genérico, lo cierto es que la discriminación existe, y el mayor y más palmario ejemplo lo sigue siendo la cuestión de las mujeres. Que es cosa de todas y todos.

Pero apuntan a estudio publicado en ese mismo número de Nature (“Collaboration: Strength in diversity“, de Richard B. Freeman y Wei Huang) donde se muestra que cuando uno publica solo con gente “de su clase”, es menos citado y con menos impacto. Lo “de su clase” lo evaluaron analizando 2,5 millones de artículos científicos en los que todos los autores tenían una dirección de contacto estadounidense: los que tenían apellidos ingleses solían publicar más con gente de apellido inglés; los que tenían apellidos chinos tenían, por otro lado, coautores con apellidos chinos más habitualmente. Lo estudiaron para diferentes grupos (incluso rusos o coreanos), en 11 campos científicos diferentes y entre 1985 y 2008. La “homofilia” (se relaciona uno preferentemente más con los similares) siempre aparecía, pero era mayor esa homogeneidad en artículos en publicaciones de impacto inferior y de hecho eran menos citados. Frente a lo que sucedía en artículos con cuatro o cinco identidades étnicas diferentes, que aparecían más en publicaciones de alto impacto y resultaban consecuentemente más citados. La homofilia podría constreñir la capacidad del científico, explican los autores. Al menos en cuanto a la capacidad del trabajo de abrirse paso en las redes de la ciencia: un artículo con autores de orígenes más variados podrá ser más conocido (y citado) que uno más constreñido.

Aunque no siempre sea fácil colaborar entre personas diversas: en el número se analizan también (“Developing world: Discuss inequality“, de P. Wenzel Geissler y Ferdinand Okwaro) las dificultades al establecer colaboraciones entre instituciones en circunstancias económicas y sociales extremas, como se da en África, donde los colaboradores científicos con instituciones del primer mundo sufren dificultades para poder lelvarlas a cabo adecuadamente, aunque en mucho peores condiciones que sus socios científicos europeos…

En cualquier caso, concluye el editorial que estábamos comentando:

“La ciencia ya ha vivido una revolución en diversidad. Las torres de marfil académicas tradicionales que preservaban sus temas como disciplinas separadas han caído. La investigación interdisciplinar ahora es la que marca el desarrollo de muchos campos, especialmente aquellos que tienen un impacto directo en la sociedad, como la investigación en cambio climático. Este cambio, aunque beneficioso, no ha sido del todo espontáneo. Fue gestionado y promovido por científicos senior y por patrocinadores que supieron ver el beneficio en hacerlo. Para desplegar completamente los beneficios de la diversidad, para asegurar que la ciencia se vuelve totalmente inclusiva, hace falta una intervención similar: incluso aunque sea algo tan simple como que el cabeza de fila de un activo laboratorio se pare un momento a considerar el tema.”

(Énfasis añadido).

Tomemos nota.